17/4/17

Los desafíos impostergables del campesinado


A propósito del Día Internacional de la Lucha Campesina quiero traer a colación algunos elementos que pueden aportar al análisis y, por consiguiente, a la acción.

En la actualidad presenciamos una crisis global que abarca desde la crisis civilizatoria, ecológica, financiera, alimentaria y hasta humanitaria en algunas regiones del globo, cuyo principal causante es el modelo de producción hegemónico vigente: el modelo de producción capitalista.

El capitalismo lleva intrínsecamente la capacidad de devorar y destruir, apropiándose y monopolizando los recursos naturales. Esta apropiación fue asumida por la burguesía desde la Revolución Francesa con su lema Liberté, égalité, fraternité, lema que hasta hoy día adjudica a la clase dominante y que, por sus propias contradicciones, nos arroja hacia una crisis a escala planetaria.

Los causantes de esta crisis están bien identificados: son dueños de grandes corporaciones que, al mismo tiempo, controlan gobiernos, universidades y medios de comunicación. Por ello podemos afirmar que la crisis actual es producto de la avaricia capitalista y de su afán de controlar los territorios y sus recursos naturales para satisfacer las ansias de acumulación.

Frente a esta crisis existe un sector importante que históricamente se resiste e impulsa otra dinámica social: los campesinos y campesinas. A pesar de la imposición del modelo del agronegocio a escala global, el campesinado ha sabido resistir desarrollando procesos productivos con características particulares basadas en la cooperación, la solidaridad y la reciprocidad, manteniendo una convivencia armónica con la naturaleza.

Hay una guerra desatada por el capital en el campo. Por un lado, el agronegocio pretende controlar los territorios, expulsando a indígenas y campesinos para desarrollar monocultivos, lo que implica deforestación a gran escala, fumigaciones aéreas, mecanización permanente de los suelos y cultivos transgénicos. Por otro lado, los campesinos e indígenas, arrinconados, desprotegidos y abandonados por las políticas públicas del Estado, continúan resistiendo. Por tanto, hay dos modelos antagónicos en disputa, cuya coexistencia en el territorio es imposible.

En esta confrontación, el modelo del agronegocio va ganando espacio porque cuenta con grandes capitales, el Estado y toda la industria cultural a su favor. Como resultado, vemos comunidades campesinas desaparecidas y otras en riesgo de desaparecer, sometidas a medidas de coerción, hostigamiento, desalojos, criminalización y amenazas por parte de los actores del agronegocio.

Frente a esta situación, el campesinado debe asumir desafíos impostergables, no solamente para resistir, sino también para avanzar en el control territorial y en la defensa de nuestra soberanía y biodiversidad. A continuación, puntualizo algunos de esos desafíos para la resistencia y el avance:

a) Alianza campo–ciudad:
El avance del agronegocio, invadiendo comunidades campesinas e indígenas, contaminando ríos y suelos con miles de litros de venenos, eliminando la biodiversidad, simplificando el paisaje natural, emitiendo grandes cantidades de gases de efecto invernadero (CO₂, CH₄, N₂O), utilizando semillas transgénicas y sustituyendo el trabajo humano por maquinaria, no es solo un problema del campesinado. La crisis alimentaria, ecológica y política que ocasiona el agronegocio afecta a toda la sociedad. La lucha por la soberanía alimentaria quedará incompleta sin la participación activa de los consumidores urbanos. Por tanto, esta alianza debe partir del rechazo rotundo al agronegocio por parte de la sociedad en general, creando espacios alternativos de intercambio de productos, fortaleciendo el mercado local y las ferias campesinas, promoviendo la agricultura urbana y el desarrollo de miniindustrias diversas, así como encuentros permanentes para el debate y la acción conjunta.

b) Trascender la agricultura capitalista (agronegocio):
La cadena productiva capitalista está organizada para rendir tributo al mercado, que reglamenta y condiciona todo el proceso socioproductivo. Producto de esta imposición, un sector importante del campesinado ha sufrido una metamorfosis, adaptándose a la dinámica capitalista. Tal es así que muchos campesinos ya no se asumen como tales y se autodenominan productores rurales o agricultores familiares, desconociendo la carga histórica de resistencia que tiene la clase campesina. La disputa entre la agricultura campesina y el agronegocio va mucho más allá de un espacio geográfico: es una disputa ideológica y cultural. Para defender la agricultura campesina hay que rescatar su dinámica económica propia, complementándola con la economía solidaria y otros enfoques alternativos con propuestas éticas que eliminen dependencias, respeten la biodiversidad, produzcan alimentos y no mercancías, y que perduren en el tiempo y en el espacio sin poner en riesgo la capacidad productiva y reproductiva del agroecosistema.

c) Fortalecer la organización popular:
Aislados nos liquidan uno a uno. Es urgente y necesario crear, consolidar, fortalecer y ampliar un frente de masas consciente en defensa de la agricultura campesina. La organización debe trascender la crítica a un modelo evidentemente contradictorio e insustentable, planteando acciones concretas en el plano político y, sobre todo, en el productivo, que también es político. La agroecología es una propuesta ético-científica para trascender la agricultura capitalista y desarrollar una forma de vida que arroje como resultado el cambio social necesario para superar las crisis provocadas por el modo de producción capitalista.

d) Espacios de formación y promoción de la agricultura campesina:
La hegemonía de la agricultura capitalista se atribuye también a las academias. Esta agricultura tuvo su raíz científica en el siglo XIX con los postulados de Von Liebig, quien planteó la sustitución de minerales, base científica utilizada por el capitalismo para la producción industrial de abonos químicos. Grandes universidades y laboratorios de investigación estudian y promocionan las “ventajas y virtudes” del agronegocio. Las universidades tradicionales de Latinoamérica y del mundo no conocen otro patrón de producción que el de la revolución verde. Si ellos tienen sus universidades para el soporte científico y cultural, los campesinos e indígenas también pueden tenerlas, y así lo ha demostrado la CLOC–Vía Campesina con la creación de varios centros de formación en agroecología en distintos países. Varios de estos centros desarrollan formación universitaria, como los IALAs (Institutos Agroecológicos Latinoamericanos). Sin embargo, estos espacios no son suficientes: es necesario fortalecerlos y crear muchos otros para disputar científica y culturalmente con mayor eficacia contra el modelo agroexportador. Igualmente, se está dando la batalla para que los campesinos y campesinas sean reconocidos como sujetos de derecho ante los organismos internacionales, con la promulgación en la ONU de la Declaración de los Derechos de los Campesinos y Campesinas.

Hoy, toda la humanidad está llamada a defender la agricultura campesina y a poner en tela de juicio la dicotomía de “progreso” (agronegocio) y “atraso” (agricultura campesina), porque no puede ser progreso ni desarrollo lo que contamina y mata, ni puede ser atraso lo que crea condiciones para la producción y reproducción de la vida.

Adriano Muñoz Pérez
  • Ingeniero en Agroecología, Graduado en el Instituto Agroecológico Latinoamericano Paulo Freire – Venezuela. De estudios campesinos, indígenas y afrodescendientes.
  • Cofundador de la Ecofinca Muñoz Perez
  • Militante de la Organización Campesina del Norte
  • Militante y Colaborador de la Vía Campesina


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